Amélie levanta su tienda del 15M

Se encuentra usted aquí

Autores

Archivo

2013
2012
2011
2010

Junio

2009
2008
2007
2006

BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Ayer a la mañana vi Amélie, una dulce comedia francesa dirigida y escrita por Jean-Pierre Jeunet, protagonizada por Audrey Tautou y estrenada en el 2001. Lo cierto es que estaba preparando un seminario que con el título “Vender de cine”, voy a impartir próximamente. De hecho estaba buscando una escena de una película que de manera notable ejemplificara lo que es la escucha y quiso la suerte que topara con esta delicia del cine francés.
Me ha costado decidirme por el mejor fragmento ya que, tal y como recordaba, el personaje de Amélie Poulain ilustra como nadie lo que debe ser escuchar y, de hecho, la totalidad de la película es toda una invocación a la escucha. La historia es simple: una joven sencilla, de un barrio sencillo, con un trabajo sencillo, que trata de transformar la vida de la gente sencilla que le rodea.
Me quedé, para instruir mi seminario, con una escena en la que Amélie habla con un vecino de inmueble quien, a su vez, le interrumpe en el descansillo de la escalera para anunciarle que conoce a alguien a quien busca la protagonista. Un tipo excéntrico, que nunca sale de casa y que no recibe nunca visitas. Durante tres gloriosos minutos, sin que Amélie abra prácticamente la boca, le cuenta su vida y sus excentricidades, que van desde tener un telescopio apuntando a un reloj de un comercio de la calle para así no tener que estar preocupado de cambiar las horas de sus relojes, hasta pintar el mismo cuadro de Renoir año tras año. Al final, su vecino, agradecido por la escucha de la joven, le tiende un papel con una dirección donde la chica puede encontrar a su escurridizo objetivo.
La película también nos demuestra lo que es la empatía, como paso previo y fundamental para iniciar la escucha activa. Esa disposición psicológica que necesitamos para ponernos en el lugar del otro es fundamental para conseguir activar los resortes que impulsan las decisiones de nuestro interlocutor.
Y es que para escuchar no vale con oír, hay que hacerle ver al otro que le escuchamos. Por lo que con la utilización de onomatopeyas y de la comunicación no verbal así se lo haremos saber. De esto ya hable en mi artículo “El soldado que no escuchó bien una orden”.
Por eso hoy más que señalar lo que hay que hacer, voy a limitarme a contar lo que no hay que hacer cuando queremos escuchar.
En primer lugar evitar las distracciones. La mente humana tiene tendencia a divagar y la curva de la atención se resiente tras pasar dos o tres minutos centrando la misma en un mismo punto. Es decir, si estamos enseñando nuestro prospecto, más allá de dos minutos sin levantar la vista del mismo y, por tanto, obligando a nuestro interlocutor a mantener igualmente su atención en ese foco; corremos el riesgo que el posible cliente se distraiga y desconecte de nuestra argumentación.
En segundo término, no contraargumentar cuando alguien se está expresando. Suele ocurrir cuando estamos más pendientes de lo nuestro que de lo suyo. Expresiones tipo “a mi me pasa lo mismo porque…” o “es lo que nosotros pensamos ya que…” acompañados de una disertación, demuestra que nuestra empatía se nos ha olvidado en un cajón de nuestro despacho y no ha acudido a la entrevista.
Un tercer aspecto es el de no interrumpir la disertación de nuestro cliente y tampoco juzgar lo que él dice. Mucho menos haciéndole ver que tú eres una eminencia en la materia y que le interrumpes porque ya sabes lo que realmente necesita.
Por último, no des soluciones prematuras sin antes haber escuchado todo. Recuerda que el cliente quiere soluciones pero éstas deben ser escuchadas en su integridad, sin precipitaciones.
Amélie es una chica soñadora que quiere cambiar el curso de la historia del pequeño mundo que le rodea. Observa y escucha a su gente para tratar de ayudarla. Que importante. Y es que lo más nuestro es nuestro entorno más cercano, nuestra familia, nuestros vecinos, nuestro barrio o nuestro pueblo. Es seguro muy necesario oír y escuchar lo que pasa en Afganistán, en Haití, en Libia o en Japón. Y hay que solidarizarse con ello. Pero eso sí, sin olvidar que delante de nuestras narices, en nuestra propia casa o quizás al otro lado del rellano, hay gente que también lo puede estar pasando mal y estar sufriendo. Gente que necesita, sobre todo, ser escuchada.
Bueno ahora que acaban de levantar la acampada del 15M, tengamos esperanza en la humanidad y en la juventud que han demostrado que -menos mal-, están vivos. Que no muera por tanto ese espíritu de rebeldía justificadísima ahora que las tiendas no están ancladas en los adoquines de la Puerta del Sol.
Amélie por cierto, seguro que hubiera estado allí.

Añade tu comentario

Hazte socio

Queremos saber tu opinión

Password: